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A cien años de la Reforma: ciencia, democratización y desarrollo

El legado de la Reforma Universitaria incluye algunas cuestiones mayormente olvidadas como los reclamos por una universidad científica de calidad y comprometida con el desarrollo del país.

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Por Mirta Iriondo
Decana de la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación de la UNC

Con el nombre de Reforma Universitaria se designa al primer movimiento moderno de estudiantes universitarios.

Se trató de un proceso de críticas, reclamos y propuestas transformadoras inscrito en las universidades locales, que fue impulsado por el claustro de estudiantes y, originariamente, exigió la democratización docente y la participación activa de los estudiantes en la conducción de la universidad, pero que luego incorporó a su plataforma otras reivindicaciones de no menor importancia, como la autonomía universitaria, la enseñanza gratuita, el ingreso irrestricto y la organización del gobierno de la universidad con la participación de todos sus sectores: profesores, estudiantes, personal nodocente y egresados.

Nacida en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1918, la Reforma no tardó en expandirse por las restantes universidades públicas nacionales que el país tenía entonces (la de Buenos Aires, la de La Plata y la de Santa Fe) y luego por varias naciones latinoamericanas.

Los reclamos olvidados

Entre el conjunto de reclamos que enarbolaron los reformistas, algunos pasaron desapercibidos, tanto en la prensa de la época como en la posterior tradición historiográfica. Se trata de las reivindicaciones científicas y experimentales.

Esta omisión aún hoy lleva a considerar a la Reforma Universitaria como una instancia ajena al reclamo de una transformación de la práctica científica, especialmente en su dimensión experimental, y en sus posibles aplicaciones al desarrollo del país. El sentido de la “dimensión experimental” o “vida experimental” de la universidad, así como su relación con posibles aplicaciones prácticas, alude a las formas que había asumido la investigación científica en la Europa industrial del período 1880-1914.

La Reforma Universitaria tuvo una clara faceta de reclamo en pos de un cambio en la práctica científica imposible de ser ignorada, y que tiñe el sentido general de la protesta. En ella fueron un factor clave los estudiantes universitarios que denunciaron explícitamente la fragilidad de la vida experimental local, además de querer obtener un lugar formal en la vida política de las universidades.

En las cátedras surgió una intensa discusión sobre ellas mismas, los programas de estudio y los modelos de carreras dictados en las casas de estudio locales, así como también acerca de los modelos de docencia e investigación anhelados para el país.

A fines de marzo de 1918, en uno de los encuentros celebrados en el Teatro Rivera Indarte por el Comité Pro Reforma Universitaria, se podía escuchar en una de las proclamas leídas: “No nos rebelamos contra la universidad-laboratorio, sino contra la universidad-claustral. Vibramos en el ritmo de la ciencia moderna y anhelamos la enseñanza acorde con sus claros y amplios métodos de investigar y de aprender”.

Días más tarde, Alfredo Castellanos, un alumno de la Facultad de Ingeniería escribía en el órgano oficinal de los reformistas, La Gaceta Universitaria: “Necesitamos químicos porque en sus manos está el dirigir gran parte de la industria actual, fomentar y mejorar su desarrollo [...] Necesitamos geólogos: así lo exige la dolorosa circunstancia de tener todavía a cargo casi exclusivo de extranjeros toda la dirección y explotación de nuestras riquezas mineras…”.

En otro número del mismo periódico, de principios de junio, se apuntaba a la desidia de los gobiernos nacionales y provinciales, que actuaron en complicidad con la dirigencia de la Universidad de Córdoba: “Desde un tiempo a esta parte viénese observando en la Universidad de Córdoba, una marcada aversión por el cultivo de las ciencias naturales. Contribuye a ese descalabro el Gobierno Nacional con su mezquindad para suministrar los recursos necesarios a la Academia Nacional de Ciencias en Córdoba […], y el Gobierno Provincial con su demora en crear el Museo proyectado de Historia Natural […].”, y agregaba: “¿Podemos seguir hablando de la Córdoba ‘docta y culta’? No; analicemos los hechos y veremos que estamos en presencia de una Córdoba mercantil y obscurantista”.

Por otro lado, la autodenominada “comisión investigadora de estudiantes” elaboró un documento lapidario sobre las carreras de ingeniería civil e ingeniero agrimensor. Entre otras observaciones, la comisión vio con buenos ojos crear espacios como “electrónica y electricidad industrial” y también profundizar con mayor fuerza en contenidos algo difusos en los programas prereformistas, tales como construcción de ferrocarriles, caminos y puentes.

Si el cuestionamiento de la vida experimental y el protagonismo de los estudiantes fueron dos temas centrales, no fue menos importante la crítica a la práctica docente. Esta tuvo especial fuerza en tres de los cuatro focos de protestas desatados entre principios de 1918 y mediados de 1920. Primero en Córdoba, después en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y luego en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), las cátedras clásicas fueron vistas como espacios que no fomentaban ni la formación experimental, ni el desarrollo de los saberes de vanguardia, considerados imprescindibles para el ejercicio de las distintas profesiones.

Otros frutos

La protesta y la prédica de los reformistas no solo dieron frutos en términos institucionales (cogobierno, participación de los estudiantes en la gestión de la Universidad, etcétera), sino también en lo atinente a la reivindicación de la “vida experimental”, y la generación de saberes prácticos al servicio de la sociedad a la que pertenecían aquellas instituciones académicas.

Algunos de esos frutos nuevos florecieron en otras universidades del país, que también fueron alcanzadas por la Reforma. Solo mencionemos, como una muestra significativa, la creación en 1919 del Instituto de Fisiología, primer centro de investigación de la Facultad de Medicina de la UBA. Su primer director fue Bernardo Houssay y primer premio Nobel de América Latina (1947) en una ciencia experimental por excelencia como la fisiología.

La democratización universitaria más allá de la Reforma

La Universidad pública argentina, tal como hoy la conocemos y defendemos, tiene un elemento esencial, la gratuidad, que proviene de un impulso democratizador posterior a la Reforma. Nos referimos al Decreto PEN Nº 29.337 firmado por el presidente Juan Domingo Perón el 22 de noviembre de 1949. Por medio de esta norma se suspendió el cobro de aranceles en las universidades nacionales, que pasaron a ser gratuitas. Esta cuestión se había debatido en 1918 y posteriormente, pero no se había transformado entonces en un eje programático de los reformistas, ni mucho menos en una política pública.

Junto a la gratuidad de la enseñanza universitaria, en 1949 se inició el proceso de creación de la Universidad Obrera Nacional, que concluiría en 1953. También se expandieron como nunca antes las escuelas técnicas, se reemplazó el viejo Ministerio de Justicia e Instrucción Pública por el de Educación, otorgándole a esta cartera la debida jerarquía dentro del Estado y, además, se normalizó la carrera docente a través de la formulación del estatuto de 1954. Como consecuencia de todas estas medidas, se dio un fenomenal aumento de la matrícula universitaria, que pasó de 40.284 alumnos en 1945 a 138.871 en 1955.

La Universidad Obrera Nacional sería el basamento para el nacimiento, en 1959, de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), evolución de la primera luego de los varios e infructuosos intentos de cerrarla por parte de los antiperonistas, que perpetraron el golpe de Estado de 1955.

Cien años después de la gesta reformista, en un país de 44 millones de personas, casi dos millones de estudiantes cursan de manera gratuita en alguna de las 56 universidades públicas argentinas.

La defensa de este sistema universitario laico, masivo y gratuito, y el desarrollo de una ciencia acorde con los desarrollos tecnológicos actuales –donde el Estado sea el motor de políticas que garanticen una estrategia de desarrollo–, es fundamental, porque, como solía manifestar el economista Aldo Ferrer, no alcanza con sustituir el presente, es preciso sustituir el futuro con talento argentino, y la argentinización de la economía nos tiene que permitir constituir un sistema virtuoso de generación de valor productivo. Para ello, es preciso tener en claro que la línea divisoria de las aguas, entre la transformación y el pasado, pasa por las alternativas, desarrollo o subdesarrollo, soberanía o dependencia.

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