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Todos podemos ser científicos

Marzo de 2016. El hallazgo de larvas de Aedes aegypti en los juegos del jardín de infantes del Instituto del Espíritu Santo, en Río Ceballos, generó inquietud en su comunidad educativa. Sucede que ese mosquito es vector de enfermedades como el dengue, el zika, la fiebre chikungunya y la fiebre amarilla.

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Todos podemos ser científicos

Fotografía gentileza de Evangelina Minuzzi.

Por Guillermo Goldes1 y Evangelina Minuzzi Fahn2
1- Divulgador científico y Profesor - FaMAF
2 - Bióloga y docente. Estudiante de la Especialización en Comunicación Pública de la Ciencia y Periodismo Científico | UNC

Lejos de paralizarse, los docentes transformaron su preocupación en una acción positiva. Propusieron un trabajo de investigación escolar sobre dengue que llamaron "La epidemia empieza por casa". El tema tenía alta relevancia social y permitió desarrollar una labor colaborativa entre todos los niveles de la institución.

Como se sabe, el impacto de cualquier proyecto de investigación –ya sea que se realice en un sofisticado laboratorio o en la escuela de una pequeña ciudad del interior–, depende fuertemente de su carácter aplicado y del abordaje de problemas de interés para los actores sociales locales.

Espíritu Santo es una escuela privada con especialidad en salud y medio ambiente. Funciona desde 1915 en esa tranquila ciudad serrana y sostiene el espacio de ciencia desde hace ya seis años. Antes de estudiar el dengue, habían trabajado en otros proyectos, siempre dentro del área biológica.

Primero investigaron sobre invertebrados que habitan los fondos de los arroyos de la zona, y que se consideran eficaces indicadores de calidad del agua. En otra oportunidad, se enfocaron en la extracción de aceites esenciales de plantas silvestres, y también en un método para deshidratar y transformar en polvo las hojas de peperina para utilizarlas en el mate. Llegaron incluso a desarrollar un modelo hidrológico para el dique La Quebrada, cuyo disparador fue el drama de las inundaciones.

Pero sin dudas, la bisagra para este establecimiento llegó con el proyecto relacionado al dengue, que les permitió pasar a la instancia provincial de las ferias de ciencia en 2016 y 2017. En el primero de esos años, incluso llegaron a la instancia nacional.

Fueron logros y así lo vivenciaron alumnos, docentes y directivos. Logros que significaron, entre otras cosas, redimensionar la labor que se venía realizando desde hacía varios años y comprobar, al mismo tiempo, que podían plantearse metas más ambiciosas aún. Así nació el Club de Ciencias del Espíritu Santo, que le imprimió un carácter institucional y permanente a todas estas iniciativas.

Sus integrantes se reúnen todos los jueves, planifican charlas, actividades de comunicación y juegos relacionados con los temas que abordan. Realizan visitas a radios y actualmente están gestando un boletín científico escolar. Todo un desafío. Pero, por sobre todas las cosas, trabajan juntos, colaboran y se divierten.

Cabe destacar que entre los docentes y autoridades del instituto siempre existió la idea de que todas estas actividades pudieran alcanzar con eficacia a la población de la zona; que no quedaran acotadas al ámbito escolar y de las personas directamente relacionadas a ellas. En definitiva, que sirvieran para mejorar la vida de todos.

Desde un principio trabajaron para aportar información de calidad a los tomadores de decisiones. Esperaban contribuir con estos actores –que ocupan roles sociales clave– proporcionándoles un respaldo científico-técnico amplio y generado desde su propia comunidad. Sin embargo, no encontraron la receptividad que esperaban. Es parte del problema. la ciencia, por sí sola, no puede resolver la mayoría de los desafíos sociales. Claro, tampoco pueden abordarse esos problemas ignorando las evidencias científicas.

Las ferias escolares de ciencia y tecnología

En 2018, las Ferias escolares de Ciencia y Tecnología celebran su aniversario 50. Su gran impulsor, especialmente en las primeras ediciones, fue Alberto P. Maiztegui. Físico y, sobre todo, docente.

En la actualidad, las Ferias siguen un esquema aceitado. Primero, una en cada uno de los establecimientos educativos que deciden participar. Los mejores trabajos pasan a una instancia zonal, donde interactúan con otros. Nuevamente, los más logrados son promovidos a la instancia provincial, que normalmente se desarrolla en Santa María de Punilla, durante setiembre. Finalmente, los más destacados para los evaluadores pasan a la instancia mayor: la Feria Nacional de Educación, Arte, Ciencias y Tecnología.

La presentación de trabajos en cada una de esas instancias no es un evento puntual. Involucra un trabajo continuo durante todo el año, en el que cada grupo de alumnos, con su docente orientador, elabora un proyecto, evalúa su factibilidad, lo desarrolla y lo presenta en la feria. Lo hacen construyendo un stand, en el que incluyen información gráfica y textual.

Presentan, además, un cuaderno de campo que describe todas las tareas llevadas a cabo; así como un informe final que resume los problemas encarados, las hipótesis planteadas, la metodología seguida para corroborar esas hipótesis y los resultados de sus estudios. Eventualmente, incluyen proyecciones a futuro.

Una de las claves del impacto de las ferias, radica en que son espacios de trabajo distintos a las clases de ciencias que se desarrollan en el aula. La interacción con los chicos es distendida y la dinámica de trabajo suele ser muy divertida. Cuando los actores participan activamente y se divierten, los aprendizajes se facilitan y se fijan de manera indeleble.

Más aún, los equipos de trabajo que se forman para las ferias eventualmente se trasforman en Clubes de Ciencias: grupos de niños, jóvenes o adultos que realizan actividades científicas por fuera de la dinámica escolar, guiados por un asesor. Llevan a cabo proyectos científicos, tecnológicos o sociales. Puede ser investigaciones o manipulaciones experimentales, pero no se limitan a ellas. Se reúnen a contra turno en escuelas, en casas y hasta en plazas públicas. Sin embargo, vale aclarar que no es condición necesaria constituirse como club para poder participar de las ferias de ciencia.

Integrarse a uno de estos espacios vocacionales trasciende un trabajo de investigación puntual. Es una experiencia de vida que ayuda a los jóvenes a conocerse a sí mismos, dimensionar sus capacidades, ser parte de una iniciativa organizada y desarrollar vínculos con grupos de pertenencia.

Los chicos que participan aprenden, pero al mismo tiempo se enseñan entre ellos. Asumen roles muy diferentes a los que acostumbran en las clases habituales, que son en cierta forma más pasivos. Y con estas actividades comprueban, en primera persona, que los contenidos curriculares que estudian en clases casi siempre pueden tener una aplicación concreta y significativa en sus propias vidas. Conocimiento útil para ellos.

Seguramente los docentes que promueven estas iniciativas buscan desarrollar formas más eficaces y atractivas para que sus alumnos comprendan, por ejemplo, cómo funciona su propio cuerpo o la importancia de hacerse preguntas y ser críticos con las fuentes de información.

Para ello, primero deben capacitarse, en áreas como comunicación científica y metodología de la investigación científica. Y como se sabe, todo lo que se hace por iniciativa propia y sin esperar otra recompensa que el placer de compartir y crecer juntos, suele dejar una huella profunda. Depara experiencias significativas, tanto para los propios docentes como para los jóvenes que orientan.

Todos podemos ser científicos. No es una tarea inalcanzable. Cualquiera –con entusiasmo y cierto rigor de trabajo– puede generar conocimiento científico. No se trata de acumular títulos y honores. Y eso es lo que las ferias y clubes escolares de ciencia deberían esforzarse por transmitir. Los alumnos de las escuelas son los tomadores de decisiones del futuro. Quienes participan en ferias y clubes de ciencia quizás tengan algunas herramientas adicionales para hacerlo, basándose en evidencias sólidas.

Científicos y artesanos

Hasta cierto punto, la ciencia y el arte van de la mano. O deberían. Son actividades que, realizadas a conciencia y en un ambiente de libertad, comparten la creatividad y el compromiso social. Aunque parezca extraño, es posible que la mayoría de los científicos tenga una faceta artística, aunque a veces se halle reprimida. Es frecuente encontrar investigadores que a su vez despuntan su arte como músicos, actores, dibujantes, cantantes, diseñadores, bailarines, poetas o fotógrafos.

Quizás, en última instancia, haya en los investigadores una visión particular de la existencia, una actitud y una elección de vida que asigna a la creación y a la intervención sobre la realidad un rol importante.

Los investigadores tienen, tenemos, herramientas para ser críticos con el entorno. También para ser autocríticos y para tomar decisiones basadas en evidencias. Claro, las evidencias no siempre son fáciles de interpretar; es necesario conocer los códigos para ello. Y tenemos una responsabilidad importante que se relaciona con intentar que esa forma de pensar de la ciencia, que es ciertamente útil, pueda ser aprovechada y disfrutada por todos los sectores sociales. No sólo por aquellos que trabajan en relación directa con la ciencia. Por eso las herramientas comunicacionales terminan siendo centrales.

Por otra parte, podríamos pensar que enseñar ciencias es una tarea paradójica: se trata de transmitir el valor que tiene para la vida dudar, desconfiar de lo establecido, no creer ciegamente, no respetar en exceso la autoridad. Valorar las preguntas y no descansar sobre las certezas. Ese es el camino que transita, entre muchos otros, el Club de Ciencias del Espíritu Santo.

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