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A 25 años de la caída de la estación espacial soviética Saliut 7 en Argentina

Soy astrónomo. Trabajaba en Bosque Alegre la madrugada del 7 de febrero de 1991. Observaba a través del telescopio la Nebulosa de la Tarántula, una gran nube de hidrógeno que se encuentra en la Nube Mayor de Magallanes, una galaxia vecina. Ignoraba que esa noche vería algo muy diferente. [07.02.2016]

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A 25 años de la caída de la estación espacial soviética Saliut 7 en Argentina

Modelo de la estación Saliut 7, con una nave Soyuz acoplada adelate y otra nave Progress detrás. Vía Wikimedia Commons.

Guillermo Goldes
Por Guillermo Goldes
Colaborador UNCiencia
Divulgador científico y Profesor - FaMAF
divulgacion@famaf.unc.edu.ar

Compartía una larga jornada con Héctor Moyano, quien por entonces alternaba su tarea de operador del telescopio con su trabajo de maestro rural. Este hombre falleció, años más tarde, luchando contra los incendios forestales que recurrentemente se desatan en la zona y se potencian cuando alcanzan los pinos, plantas exóticas que arden como antorchas.

En aquella época, los observadores permanecíamos en una plataforma suspendida por cables, en la abertura de la cúpula y cerca del extremo superior del telescopio. Durante la madrugada, una luz extraña me sorprendió. Venía del cielo, se movía y su resplandor era tan intenso que proyectaba sombras sobre la pared más alejada de la cúpula, a más de 20 metros de distancia.

El brillo iba creciendo.  Al mirar, quedé atónito. Un enorme enjambre de cuerpos incandescentes surcaba el cielo. Se desplazaba de oeste a este, en forma casi paralela al horizonte. Miles de fragmentos se desprendían e incineraban en la atmósfera. Cada uno de ellos se apartaba del cuerpo principal, se consumía en llamaradas y finalmente desparecía de la vista.

Lo que ocurría en aquel preciso momento era sobrecogedor, pero no era un misterio: la estación espacial rusa Saliut 7 se desgranaba sobre la Argentina. La estela de fuego que produjo llegó a cubrir la mitad del cielo a lo largo de su trayectoria. Ese trazo ardiente tenía unos dos grados de ancho (medio grado es el tamaño aparente de la luna llena). Duró aproximadamente 40 segundos hasta desaparecer por completo.

Saliut 7 había sido lanzada al espacio en abril de 1982. Era un cilindro metálico de 14 metros de longitud y 4 metros de diámetro, construido con acero y aluminio. Contaba con paneles solares de más de 10 metros de envergadura. Permitía que una tripulación máxima de tres cosmonautas permaneciera en ella por largos períodos. Funcionó activamente durante cuatro años, en los cuales seis tripulaciones estables la habitaron. Su órbita se encontraba a 250 kilómetros de altitud y daba una vuelta completa a la Tierra en una hora y media. Se trataba, por lo tanto, de un satélite artificial de órbita muy baja. Tan baja, que el rozamiento con la alta atmósfera lo iba haciendo decaer.

Pasaron apenas cinco minutos desde aquellos colosales fuegos de artificio hasta que los teléfonos comenzaron a sonar. Muchos cordobeses, santafesinos y entrerrianos habían compartido el espectáculo y querían saber qué había ocurrido. Sentí alivio, no había sido el único testigo del trágico último acto en la historia de este singular artefacto.  Ocho meses después, sería el poderoso Estado Soviético que había construido tal ingenio, pionero de la exploración espacial, el que se desplomaría.

Los restos de Saliut 7 que llegaron a Tierra descansan en una extensa franja de Argentina, desde la Mesopotamia hasta la Cordillera de los Andes. El fragmento mayor, del tamaño de un lavarropas, cayó en el patio de una humilde vivienda en Capitán Bermúdez, en las afueras de Rosario. No produjo víctimas. Otros depojos, como una escotilla completa, cayeron en Entre Ríos. Algunos se conservan en la localidad de Oro verde.

Vi caer la Saliut 7.  Cuando me preguntan cómo fue, sonrío. Nunca podré describir la intensidad de aquel momento.

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