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Axel Dente, ingeniero de vuelo del Arsat-1

Egresó como Físico de la Universidad Nacional de Córdoba. Tiene apenas 31 años y es un ejemplo de los jóvenes graduados que se desenvuelven cómodamente en un mundo donde el conocimiento de vanguardia se transforma en proyectos aplicados necesarios para el desarrollo del país. En el lanzamiento del primer satélite de telecomunicaciones diseñado y fabricado en Argentina, tendrá a su cargo la visión global de todos los sistemas del aparato y deberá elaborar rápidamente una respuesta ante cualquier eventual complicación. [03.09.2014]

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Candela Ahumada
Por Candela Ahumada
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional
cahumada@comunicacion.unc.edu.ar

Arsat 1, el primer satélite geoestacionario de telecomunicaciones fabricado en el país, partió el 30 de agosto hacia el centro espacial de Kourou, en la Guayana Francesa. Desde allí será lanzado al espacio a mediados de octubre.

El satélite brindará servicio de Internet, telefonía, TDH (Televisión Directa al Hogar) y transporte de señal de video. Permitirá reemplazar una unidad actualmente alquilada y tendrá cobertura en Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay. Forma parte de un plan espacial de telecomunicación más amplio –el Sistema Satelital Geoestacionario Argentino de Telecomunicaciones–, que incluye dos satélites propios más, los próximos Arsat 2 y 3, que serán puestos en órbita en 2015 y 2017 respectivamente y conectarán a todo el continente.

El proyecto convierte a la Argentina en uno de los ocho países del mundo con capacidad para diseñar, construir y operar satélites de este tipo.

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Axel Dente es físico. Desde hace un año trabaja en el Invap, una empresa estatal que hace 37 años se dedica al desarrollo de tecnología de punta totalmente nacional. La firma tiene su sede principal en Bariloche y pertenece a la Comisión Nacional de Energía Atómica y a la provincia de Río Negro.

En ella se diseñan y materializan proyectos que representan un orgullo nacional y son la prueba de que “lo estatal” funciona exitosamente cuando se aúnan una gestión eficaz y una política clara de fomento. Reactores nucleares, satélites, radares, drones y generadores eólicos son algunos de los “chiches” que se construyen, se venden en el mercado nacional y también se exportan al mundo.

En Córdoba, la sede del Invap es un conglomerado de oficinas ubicadas en el segundo piso de una zona comercial de la ciudad. A contramano de lo que puede imaginarse, lo primero que llama la atención al ingresar a la planta no son los simuladores de vuelo o el equipamiento tecnológico, sino la edad de las personas que trabajan allí: en promedio, no superan los 35 años y ya se desempeñan en tareas altamente calificadas, para desarrollos tecnológicos de avanzada.

“Yo ingresé hace un año para trabajar en el proyecto del satélite Arsat I”, cuenta Axel, quien en apenas unos meses fue promovido y designado para ser uno de los dos ingenieros de vuelo que, en el momento del lanzamiento, tendrá a su cargo la visión global de todos los sistemas del aparato y deberá elaborar rápidamente una respuesta a ejecutar ante una eventual dificultad.

Axel Dente, ingeniero de vuelo del Arsat 1

Su tarea no es sencilla. Implica participar en uno de los emprendimientos espaciales más pretenciosos de los últimos años: la puesta en órbita del primer satélite de telecomunicaciones diseñado y fabricado íntegramente en Argentina, que brindará servicios de televisión, telefonía, internet y transmisión de datos, entre otros. Este satélite, cuyo lanzamiento al espacio se realizará a mediados de octubre, posiciona a la Argentina entre los ocho países en el mundo con capacidad para dominar este tipo de tecnología, y el primero en Latinoamérica.

De la física cuántica a la espacial

Físico egresado de la UNC, Axel obtuvo una beca del Conicet para realizar un doctorado en el área de la Física Cuántica y, más tarde, para hacer un posdoctorado. A mitad de camino, surgió la posibilidad de trabajar en el Invap y, tentado, decidió probar. Considera que lo que más pesó para su ingreso a la empresa no fue su currículum, ni sus conocimiento, sino cierta aptitud para pensar y encarar problemas complejos, una pericia que, asegura, obtuvo de su formación científica.

-Venías de la Física Cuántica, ¿por qué te contrataron como comandante de vuelo de un satélite? Parece más lógico optar por perfiles más afines, como un ingeniero aeronáutico o en telecomunicaciones…
- La verdad es que cuando ingresé al Invap no tenía ninguna idea sobre ingeniería de vuelo. Creo que no importa tanto cuánto conocimiento tenés sobre una determinada disciplina, sino cuán capacitado estás para enfrentar y resolver problemas, y la velocidad con la que podés aprender. Y eso es algo que conseguís a través del doctorado y el posdoctorado, cuando tenés que crear conocimiento y atravesar las etapas de búsqueda, modelado y resolución de problemas. Con el tiempo, uno adquiere un training en esa forma de pensar. En mi opinión, eso fue realmente lo decisorio.

Axel cuenta que esa destreza para aprender le permitió asimilar en unas pocas semanas el contenido de “una carpeta enorme, sobre temas que desconocía completamente y debía manejar”, que le entregaron al definirse su contratación en la empresa. Inicialmente, comenzó en el área vinculada al sistema de comunicación satelital, que luego pasó a su cargo, y más tarde le sumaron el área energética. Poco después fue destinado como ingeniero de vuelo del Arsat 1 y también del 2, que será lanzado en 2015 y tendrá cobertura en todo el continente americano, exceptuando Canadá.

Su trabajo previo a la puesta en órbita del satélite consiste en la elaboración y el armado de los procedimientos que deberán seguirse para que el aparato sea lanzado con éxito y funcione correctamente durante toda su vida útil. “Parte de mi tarea –explica– es definir, junto a otros colegas, los pasos a cumplimentar para cada uno de los cinco sistemas que tiene el satélite, el de energía, comunicación, control de actitud u orientación, computadora central y térmico”.

Axel Dente, ingeniero de vuelo del Arsat 1

Para ello, debió viajar semanalmente a Bariloche y realizar una serie de pruebas en un simulador de vuelo instalado en la sede de Córdoba destinadas a determinar cuáles son las acciones más óptimas a ejecutar tanto el día del despegue, como durante el poslanzamiento. En efecto, una vez que el artefacto espacial sea lanzado, hará un recorrido de 36 mil kilómetros desde la Tierra hasta alcanzar la órbita geoestacionaria (en la que el aparato se mantiene inmóvil sobre un punto del planeta, con un movimiento sincrónico con el de rotación terrestre).

Sólo después de corroborar su correcta posición y funcionamiento en el espacio, el control de la unidad pasa definitivamente a cargo de la empresa Arsat, también estatal, que seleccionó a Invap como la principal contratista para desarrollar el proyecto.

El físico señala que la mayoría de los componentes del Arsat 1 están redundados, es decir, hay una copia de respaldo de cada uno para reemplazar al original en caso de avería, junto al respectivo procedimiento de recambio. Ese backup le asegura al satélite de telecomunicación una vida útil de 15 años, mucho más extensa que la de uno con fines científicos, de sólo cuatro.

“Es un orgullo estar en una empresa nacional que tiene el mayor nivel de desarrollo tecnológico del país”, reflexiona Axel sobre su trabajo. “Hay que tratar de producir acá, de formar recursos humanos. A la Argentina le hubiera sido más fácil y barato alquilar un satélite afuera, pero se decidió invertir en el desarrollo interno. Hoy contás con muchísima gente capaz de producir tecnología de punta, un conocimiento ya adquirido y que queda en el país”, concluye. 

Científicos más allá del laboratorio
Axel Dente es uno de muchos jóvenes que cursaron una carrera en la Universidad Nacional de Córdoba, realizaron su posgrado en diversas áreas de la ciencia y hoy trabajan en grandes empresas e instituciones, donde invierten su conocimiento en tareas y proyectos aplicados. Les apasiona lo que hacen y quizás allí radique la clave de su talento.
Lejos en el tiempo de los embates que debió soportar la ciencia nacional en la década del ’90 –con episodios surrealistas como aquel en el que un Ministro de Economía envió a una investigadora a lavar los platos–, estos jóvenes tuvieron la posibilidad de formarse como científicos en un contexto significativamente mejor y más accesible.
Pero en algún momento de su trayectoria académica tuvieron que optar: declinaron embarcarse con alguna beca de formación en el extranjero y eligieron alejarse de los papers para trabajar en espacios que les presentaban grandes desafíos y ponían a prueba sus habilidades. Historias de jóvenes científicos que apostaron al país.
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